EN BUSCA DE LA CONCIENCIA

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Location: Concepción, Chile

Nací en Talca (Chile) el 9 de enero de 1946. Soy ingeniero en electrónica titulado en la Universidad de Concepción (Chile) diplomado en Educación Técnica por la AGCD de Bélgica y en Telecomunicaciones por la Universidad de Santiago de Chile. Fui, durante 33 años y hasta que la enfermedad de Parkinson me obligó al retiro, profesor en la Sede Concepción de la Universidad Técnica Federico Santa María. Me he destacado en la práctica de la fotografía artística, actividad en la cual he sido reconocido con los Títulos Honoríficos de "Excelencia de la Federación Chilena de Fotografía" y de "Artista de la Federación Internacional del Arte Fotográfico". Recientemente he recibido, además, el título de "Excelencia por Servicios Prestados a la Fotografía" por parte de la Federación Chilena de Fotografía. Actualmente preparo libros con mis escritos y mis mejores fotografías. Visite mis blogs; www.fotosdeosvaldo.blogspot.com y lea mis escritos en www.historiasdeosvaldo.blogspot.com www.enbuscadelaconciencia.blogspot.com y en www.osvaldodechile.blogspot.com En mi sitio de Flickr encontrará más de 350 bellas e interesantes fotografías: www.flickr.com/photos/fotosdeosvaldo

Saturday, October 01, 2005

La búsqueda de la concordia

LA BÚSQUEDA DE LA CONCORDIA


La concordia es, según cualquier diccionario, la situación de ajuste de las opiniones que anula los litigios entre personas (etimológicamente corresponde a "con corazón común") y se comprende bien, entonces, que constituya la condición básica para que se produzca la unión entre ellas.

La concordia no es fácil de lograr y por ese motivo se asiste, constantemente, a los nefastos efectos que la discordia tiene sobre familias, comunidades y pueblos enteros. Las tensiones generadas por la discordia causan la división y dan origen a los más violentos conflictos que, cual válvulas de escape, buscan aliviarlas, aún por medio de la fuerza. Es claro pues que el origen de todas las luchas humanas está en la acumulación de tensiones provocada por discordias no resueltas y por eso es importante encontrar sus causas y precisar las condiciones que conducen a lo opuesto, es decir, a la concordia.

Las tensiones entre seres humanos surgen al enfrentarse las distintas formas de reaccionar frente a un hecho determinado.

La forma de actuar de las personas que se ven enfrentadas a un hecho depende, en condiciones normales, de cómo ellas sienten y razonan al respecto. La manera de sentir está condicionada por una multitud de factores, íntimamente relacionados con la vida de cada cual y ello explica el por qué, rara vez, dos o más personas llegan a experimentar sentimientos iguales o de la misma magnitud, en respuesta a un mismo hecho. La forma de razonar, por su parte, depende no sólo de la capacidad de hacerlo que todos tienen, sino que también de la voluntad de ejercerla, a pesar del trabajo que ello implica y también del conocimiento, sin el cual la razón no puede llegar a conclusiones certeras. Muy importante para facilitar este proceso, mucho más complejo y lento que el aflorar de los sentimientos, son ciertos principios o verdades que la misma razón ha aceptado como válidos o justos, aunque, por desgracia, no siempre después de un proceso racional propio que le haya dado solidez a esa convicción. Así pues, el actuar de una persona puede ser regido sólo por sus sentimientos y sin apelar mayormente a su razón o simplemente yendo en contra de ella; de acuerdo con su razón que ha subordinado a sus sentimientos, o según su razón, que ha determinado una manera de actuar coincidente con la señalada por ellos. Sólo en este último caso, la mente del individuo queda en paz consigo misma, conforme con el actuar e íntimamente convencida que ese actuar ha sido el más correcto, considerando la situación enfrentada.

Es común, a causa de lo anterior, que en torno de ciertos principios o verdades, que usualmente permiten acciones razonadas coincidentes con los sentimientos, se reúnan personas para formar partidos políticos, instituciones diversas y otros grupos que buscan lograr cohesión interna y expansión. Resulta inútil, sin embargo, que se pretenda alcanzar tal cohesión y expansión en forma universal, a menos que los principios o verdades de referencia utilizados puedan ser reconocidos como válidos por la razón de todos. Si usted concuerda con esto, concordará también en cuán importante es el identificar alguno de aquellos principios o verdades de referencia universales que, pudiendo ser aceptado por la razón de todos, sirva como guía para lograr esa tan deseada unión, símbolo de la ausencia de tensiones, con la cual se consigue visualizar mejor los objetivos a alcanzar y llegar más rápido a ellos. Tales principios existen y desde hace ya mucho han sido utilizados para generar formas de conocimiento que faciliten la cordial convivencia de los miembros de una comunidad civilizada.

Entre una de las formas de conocimiento que se ha establecido para uniformar el actuar de las personas en una comunidad frente a muchas de las situaciones que se presentan en ella, está la Ley. Ésta, de origen divino, consuetudinario o creada por acuerdo de la mayoría de los ciudadanos o de sus representantes, surge y existe, idealmente, para asegurar el bien común y propiciar la unidad. Es la Ley, que se supone conocida por todos, la que permite que todos sepan como se debe actuar en cada caso, estableciéndose así las condiciones mínimas para que ocurra la concordia en la comunidad. Es la misma Ley la que dispone que aquellos que no la cumplan sufrirán una sanción; la Ley Divina Cristiana establece sanciones que por lo general son “post mortem” y la humana, en vida, acordes con la falta cometida. Son las sanciones posibles las que incentivan el cumplimiento de la Ley; en el caso de la Divina ello depende, fundamentalmente, de la fe del creyente y en el de la humana, del celo de la autoridad para castigar su incumplimiento.

Es cuando la Ley no existe, cuando no corresponde a su objetivo, cuando no se cumple o no se sanciona su incumplimiento, que las tensiones interhumanas se incrementan, pudiéndose llegar, así, al punto en el que se liberan violentamente, con resultados impredecibles.

Pero las leyes no especifican todos los comportamientos humanos y se sabe que sin ellas o sin principios que los determinen o fuercen, la forma de actuar de las personas es muy particular de cada cual y nada uniforme. Es en este punto donde se hace importante reconocer, racionalmente, el principio de base que ha inspirado la formulación de todas las leyes y enseñarlo, para que, en ausencia de una disposición precisa para la situación enfrentada, sirva de guía universal que señale el comportamiento adecuado. Tal principio, reconocido como muy correcto y verdadero, desde hace miles de años, puede resumirse en la siguiente forma, una de las tantas posibles y no necesariamente la mejor:

“En su relación con otros seres humanos, usted no provoca tensiones en ellos solamente sí no le hace a otros seres vivos aquello que no desearía que se le hiciese a usted mismo”. *

Esta verdad, que constituye una excelente definición de lo que es el Bien y que puede ser confirmada como correcta por su razón o la mía, es una muestra maravillosa del poder de razonamiento y de síntesis de la mente humana. Esta definición y su aplicación constituyen un monumento a la razón y es por eso que el conocimiento del Bien y del Mal es un privilegio de los seres humanos, privilegio que establece una de sus diferencias fundamentales con los demás seres vivos.

El conocimiento mutuo o personal de lo que es el Bien no garantiza que se dejará de provocar tensiones en otros o que los demás dejarán de hacerlo sobre usted; sólo garantiza que cada vez que usted o alguien traicione a su razón o a su razón y a su fe, según el caso, será su propia conciencia la que se lo haga ver. El conflicto interno que se genera cuando la conciencia remuerde, como todos los conflictos, no es agradable y ello tiene dos consecuencias: la primera, a futuro, tiende a evitar la repetición de las causas que a él dieron lugar, es decir, a través de ella, se aprende que para conservar la propia paz interna, no se debe actuar en contra del Bien; la segunda enseña, también por la experiencia, que la paz interna puede ser recuperada reparando el mal hecho, dando explicaciones o pidiendo perdón. El silencio de la voz o del actuar, en estos casos, sólo es compensado por un gran bullicio interior, que no sólo impide el buen dormir, sino que también disfrutar del día y de la vida, como se espera.

Quienes conocen y practican el Bien pronto aprenden a valorar la paz interna que ello aporta; pronto aprenden también a perdonar más fácilmente, pues aparte de reconocerse como posibles ofensores, reconocen que el perdón libera a sus propias mentes de la carga de rumiar venganzas y malos deseos contra quienes lo hacen. El convencimiento de que aquellos que ofenden lo hacen por ignorancia de lo que es el Bien o porque se han dejado arrastrar por la irracionalidad, les hace también más tolerantes a las ofensas infligidas por los demás y señala el único camino para expandir el Bien, cual es, enseñar lo que Él es.

El ser humano busca con ahínco la felicidad y ello sólo es posible a través de la senda señalada por el Bien. Quienes ignoran o no tienen claro lo que Él es, se exponen a buscarlo por caminos erróneos; demasiado frecuentemente se escucha decir “que se debe luchar contra el Mal” para conseguir el Bien pero se debe tener presente que contra el Mal no se lucha, este último sólo se extingue cuando se hace el Bien. Hay por desgracia muchos, demasiados quizás, que deseando hacer el Bien, pretenden combatir el Mal con el Mal, sólo consiguiendo que éste se multiplique y expanda; en realidad somos todos, cual más, cual menos, los que participamos en esta cadena de mal contra mal, ya sea por ignorancia, por traición a nuestra razón o a nuestra fe, o por desidia, al no darnos el trabajo de usar nuestra capacidad de razonamiento. Deberíamos procurar cortar esa cadena y, si nuestra condición humana no lo permitiese, tratar al menos de no contagiar nuestros resentimientos ni de hacer que a nuestros hijos y prójimos les duelan nuestras heridas; contribuiríamos así a formar generaciones más sanas y mejores, generaciones más optimistas y comprometidas con la vida y su futuro.

Estudiar, aprender y enseñar para que la ignorancia que limita las posibilidades de la razón se extinga; enseñar lo que es el Bien, para que nadie quede haciendo el mal sin saberlo, es una tarea ineludible de todos los seres humanos, especialmente de aquellos que más conocimientos o poder poseen. Guiar a sus semejantes en la conquista del saber y del Bien, es una de las tareas más nobles que puede emprenderse en la búsqueda de la concordia. ¡Súmese a ella!


Osvaldo González Rojas

La rima de cortesía

LA RIMA DE CORTESÍA


El origen de la palabra corte, la corte, de la cual deriva cortesía, cortejo y cortés, es una reminiscencia de la forma en la cual se designaba, en la Antigüedad, al patio de la residencia real, especialmente en Francia, donde aún hoy persiste, en cierto modo, esta costumbre; allí, cualquier patio, por ejemplo el del colegio, recibe el nombre de “la cour”, o sea, la corte, en traducción literal. Por extensión, este término se aplicó, también, al conjunto de personas que vivía junto al rey y a las que, en la ceremonia de los besamanos, le rendían homenaje y pleitesía.

A medida que las residencias reales pasaban, de ser simples tiendas, a convertirse en enormes castillos y palacios, se incrementaba también la cantidad y la promiscuidad de las personas que allí se cobijaban. La vida, en estos protegidos lugares, si bien mucho más grata que en su exterior, no estaba exenta de problemas; si ya es difícil mantener siempre la armonía en una familia, ¡qué menos podría haberlo sido en tan grandes residencias!. Conocido es el dicho popular “pueblo chico, infierno grande”, muy apropiado para describir la situación a la cual conduce la estrecha convivencia de un grupo humano numeroso, como aquel que compartía la casa real. Es sabido que la corte era sede de múltiples conflictos humanos: las envidias, las intrigas, los amores clandestinos, los engaños, los negociados, los aserruchamientos de piso y mucho más, ornaban profusamente ese ambiente y de ello dan crédito las más variadas crónicas y novelas del presente y del pasado, que la modernidad ha transformado en tema para sabrosos filmes. Existía, es cierto, como lugar de residencia compartido, una diferencia nada despreciable entre las características de la corte y las de un pueblo chico: la corte tenía un dueño de casa, lo cual convertía a los demás acompañantes en simples, pero privilegiados invitados en ella; esto les imponía, entonces, un buen conjunto de restricciones en su actuar: por una parte, debían procurar que los inevitables conflictos no llegasen a importunar al soberano y a los más poderosos en la jerarquía palatina y, por otra, debían competir por los favores y aprecio de ellos, especialmente del rey. Para asegurar una tranquila, mas no siempre sana convivencia, hubo de ser establecida, entonces, una serie de normas de trato gentil, o “reglas de cortesía”, detrás de las cuales fuese posible ocultar los problemas y los verdaderos sentimientos y propósitos de quienes las practicaban, es decir, de los cortesanos, los cuales pasaron, así, a ser muy “corteses”, aunque algunos demasiado. De la corte, dichas tácitas normas bajaron al pueblo, siempre atento a imitar a los poderosos y allí se transformaron en un complemento de las leyes ciudadanas, cooperando con ellas para hacer más grato el ambiente y las relaciones, en las cada vez más pobladas urbes que rodeaban al palacio.

Oportuno parece hacer notar que, en la corte real y dinástica, el único que
podía permitirse no ser en absoluto cortés era el rey, privilegio del cual no goza el símil del soberano en las mímesis plebeyas y democráticas de nuestros días; en ellas, aún él debe cuidarse mucho de no serlo en exceso, pues el pueblo, tarde o temprano, podrá cobrárselo, adicionado a otras deudas.

Adviértase que la cortesía siempre se fundamenta en la simulación y el disimulo, comportamientos que constituyen dos de las más poderosas armas con las cuales fueron dotados los seres vivos para ayudarlos en la lucha por la supervivencia. La simulación, que consiste en aparentar una forma de ser o un aspecto distinto del real, tiene una notable utilidad que todos aprovechan, algunos con extrema eficacia; recuerdo aquí la frase “se hizo la mosquita muerta”, que describe el comportamiento, ad-hoc, que se atribuye a estos insectos para evitar ser muertos de verdad (y que, personalmente, no me consta aunque sí lo he visto, impresionantemente practicado, por las arañas y por una planta, la sensitiva). Es indudable que también lo utilizan, con mucho éxito, los seres humanos; el actual conflicto en Kosovo ha dado reciente prueba de ello (uno de los sobrevivientes, de una de las conocidas masacres, declaró a la CNN -¿y a quién más?- “haberse salvado, simulando estar muerto”. El disimulo, por otra parte, que consiste en hacerse menos evidente, no sólo ayuda a no ser matado sino que también facilita lo contrario; así, por ejemplo, el homocrómico camuflaje del camaleón le permite no ser comido y, a la vez, comerse con más facilidad a otros bichos; comportamiento similar le resulta, igual de provechoso, a muchos otros animales, en particular a los gazapos, que se agazapan para no ser vistos, y a los felinos, que no sólo se agazapan, sino que también reptan, siendo ellos los maestros en el arte de “bajar el perfil” y cazar con éxito. Bajar el perfil es lo que aumenta la letal efectividad y la supervivencia en buques y en tanques de guerra. Bajar el perfil, disimular, simular, actuar, corresponden a una traducción casi literal de las raíces griegas de hipocresía. Hipocresía es, se sabe, el disimulo extremo de los verdaderos sentimientos y propósitos hacia los demás, ya sea para protegerse, o para facilitar un ataque, si la ocasión es propicia.

Muy cierto es que la vida parece más agradable y civilizada con la cortesía, pero no hay que olvidar que ésta tiene su mejor rima en la hipocresía. La hipocresía se oculta detrás de la cortina de humo de la cortesía extrema, se apoya en la adulación y se enseñorea en las almas frágiles. Aunque sus víctimas preferidas son los poderosos, no es un arma exclusiva de los débiles y solapados. Nadie parece estar libre de sus efectos y la vida, en la corte o en cualquier comunidad que la imita, debe conformarse con cierta dosis de este camuflaje; ya lo escribió alguien, “la hipocresía es a la vida, lo que la grasa es a la rueda de la carreta: ensucia pero sin ella la carreta no anda”. Todos la practicamos, aunque sea para simular que vivimos armoniosamente, pero lo importante es no exagerar. La recomendación de no exagerar, en este caso como en ningún otro, es una de las sabias conclusiones heredadas del razonar de los antiguos griegos, quienes, por no tener que trabajar en demasía, empleaban su tiempo para filosofar, es decir, para pensar, buscando la verdad de las cosas, para después contarla y enseñarla a los demás.

La hipocresía encuentra su mejor aliado en el temor, justificado o no y, a través de sus vectores, la simulación y el disimulo, se expande y florece en los ambientes y períodos inseguros, peligrosos y competitivos; es una de las malsanas herencias de las épocas de dicta, de las duras y de las blandas, porque aquellos que se han sentido obligados a usarla, con o sin razón, terminan incorporándola, casi crónicamente, a sus formas de proceder. Sin duda también, que el competitivo estilo de vida actual favorece su práctica y obliga a todos a mantenerse un poco alerta, como a la defensiva, precaviéndose de los excesos en uno mismo y en los demás. Finalmente, no está de más recordar que la filosofía popular recomienda que “lo cortés no debe quitar lo valiente”, verdad que establece como preferible y más apreciada la franqueza leal, que la adulación artera.

Llegando ya al final, habéis visto que cortesía, cortés, cortejo y cortejar, comparten la misma raíz, las mismas virtudes y los mismos vicios. Muy seguro de que el asunto habría de interesar, hubiese querido finalizar con el análisis del verbo cortejar, que bien rima con galantear y adular, mas, ocurre, que del erotismo no deseo, por ahora, hablar y así os dejo, a vosotros, la tarea de en ello divagar.

Sin embargo, antes de abandonar este rimado tema, no desearía que flotase, en el ambiente de estas páginas, la idea que la hipocresía es un mal necesario y sin remedio; observe usted mismo su entorno y percátese que esta técnica de supervivencia no tiene cabida en su familia inmediata, ni tampoco en sus relaciones de amistad; no la tiene, porque en ellas todo el mundo se siente seguro y confiado, a pesar de cualquier cosa que ocurra, y eso es así, porque, en ese medio, las relaciones se basan en el amor; ¡en el amor!, en ese sentimiento que siempre se expresa en cuatro formas principales: la caridad, el afecto, la amistad y el erotismo. La caridad está asociada a la compasión y a la empatía. El afecto, aliado a la confianza, a la tolerancia y a la admiración, es imprescindible para el surgimiento de la amistad. Del erotismo no hablaré más hoy, ya lo dije rimando, pero recordaré que el amor, en general, se traduce en desear lo mejor para los demás y en compartir la felicidad ajena; recordaré también que la confianza se funda en el imperio de la justicia y de la equidad, nutriéndose de la franqueza inteligente y , finalmente, diré que la tolerancia requiere de la comprensión y del perdón de los errores y defectos ajenos. El mejor antídoto para el temor y la desconfianza es el amor y una comunidad que lo incorpora, es una comunidad genuinamente cortés, en la que no es necesaria, casi, la hipocresía.


Osvaldo González Rojas

Nunc et in hora mortis nostrae

NUNC ET IN HORA MORTIS NOSTRAE


Fascinante es la etimología, es decir, la ciencia que estudia el origen y la razón de la existencia y del significado de las palabras, de las buenas y de las malas, de las bellas y de las feas. Cuando se la descubre, se descubre también que recién entonces comienza uno a comprender sus crípticos significados y el proceso de síntesis que les dio lugar; la lengua adquiere así otro sabor y se siente uno más próximo a los antiguos griegos y romanos, pero también a los árabes, a los celtas y a tantos otros pueblos de la antigüedad, incluidos el indio de la India y el de nuestro continente, que nos legaron las raíces de las cuales brotan las palabras del idioma que empleamos. Se disfruta, por esta causa, mucho más de ellas, sobre todo de las bellas y hasta se anima uno a intentar crearlas. Inventar palabras es dar expresión escrita a conceptos y como éstos siempre preceden a la acción y a las obras no es raro que muchos inventores de cosas sean también los inventores de las palabras que las representan; sin duda que nuestro siglo ha sido pródigo, como ninguno, en el enriquecimiento del lenguaje, especialmente gracias al avance de las ciencias y de las tecnologías pero ello no debe hacernos olvidar que no siempre las palabras representan cosas o acciones, sino que, a veces, también sirven para identificar estados de ánimo y mucho más; tal cosa ocurre, por ejemplo, con nostalgia, una bella palabra internacional, cuyo origen y significado lo aclaró el Padre Hasbún, en una de sus crónicas en el diario “El Mercurio”; fue inventada, según él, en 1688, por el lingüista Johannes Hofer, quien usó como raíces a las palabras griegas nostos = regreso y algos = dolor, para designar así al “doloroso deseo de regresar”, de regresar a un tiempo o a un lugar del cual se conserva agradables recuerdos; ¡ojalá pudiésemos experimentar todos, siempre que nos veamos obligados a alejarnos de algún sitio, la bella y romántica nostalgia!; ello significaría que allí fuimos felices, que allí fuimos bien tratados, seguramente porque tratamos bien, y que a él quisiéramos volver. Ojalá podamos también, el día postrero, experimentar nostalgia de la vida y la esperanza que, sea lo que sea que venga después, tendremos, allí, la opción de ser felices. Añoranza, del catalán anyorar, es lo mismo pero yo prefiero nostalgia.

Otra palabra no bastarda, cuyo creador fue el ácido escritor inglés William Thackeray, nacido en 1811 y autor de “La Feria de las Vanidades”, es snob; fue sintetizada a partir de las palabras francesas “sans” y noblesse” (o quizás de las latinas “sine” y “nobilitatis”, que significan lo mismo: sin y nobleza) y ha sido adoptada, en todos los idiomas, para designar a los personajes que demuestran no tenerla; en castellano se escribe esnob y da origen a varios otros términos relacionados.
Etimología también tiene la suya propia; proviene de étymos = verdadero y de logos = conocimiento, es decir, sería algo así como “conocimiento verdadero” y otra de las cosas que se aprende con ella es que, a veces, sin significa con (cuando proviene del griego syn); así sucede con sinergia, cuyo significado es “con energía común”, todo de origen griego. Energía es una bella palabra también y muy importante; fue inventada, por algún anónimo habitante del archipiélago más famoso del Mar Egeo, para designar aquello que impulsa a la acción. Sincronía (con tiempo común) es otro ejemplo lindo, lo mismo que síntesis, o que sinfonía (con sonido común) y que sistema (con tema común) entre tantas otras. Pero no siempre sin es con, a veces con es con (cuando viene del latín cum) como sucede en conjunto y en conciencia; conjunto corresponde a “con unión” y conciencia significa eso, “con ciencia”, o sea “ con conocimiento exacto y reflexivo de las cosas”, aunque también le corresponde “conocimiento último del bien que debemos hacer y del mal que debemos evitar”.
Para saber si al actuar se lo ha hecho con ciencia, hay que examinar las consecuencias de nuestros actos, consecuencias de las cuales somos siempre responsables, aunque no correspondan a las deseadas; constatar que esto último se ha producido, usualmente a través de la reacción de otros, provoca un tipo de dolor que se ha llamado frustración y que, bien manejado, permite madurar y mejorar con el tiempo, como ocurre con los buenos vinos. A la frustración se puede adicionar el dolor que nos pudiera producir la reacción de aquellos que se sintieron molestos por nuestro inconsciente accionar y así sucede que, tanto la frustración y el saber que hemos actuado incorrectamente, como la posible la reacción de otros, se convierten en factores que contribuyen a nuestra infelicidad, en factores que enturbian nuestra conciencia. Limpiar la conciencia es siempre doloroso, comienza por aceptar, ante uno mismo y los demás, que no se es perfecto y que se ha cometido un error, continúa con los procesos de pedir disculpas y de compensar a los afectados, para finalizar con los buenos propósitos de no repetir la acción errónea y de perfeccionar nuestra ciencia.
Y, finalmente, así como el prefijo sin no siempre es tal, sino que todo lo contrario, el latín nunc no significa nunca, sino que, curiosamente, ahora. Ojalá pudiésemos mantener nuestra conciencia lo más limpia posible, ahora y en la hora de nuestra muerte; ello indicaría que lo que hicimos, conscientemente, en la vida, lo hicimos con la mejor ciencia, es decir en la forma más correcta posible y que, si constatamos que no fue así, lo reconocimos, solicitando el perdón por ello y buscando la rectificación del error, cuanto antes mejor, porque las horas finales no sabemos cuando llegarán y la vida enseña que del que tuvo la conciencia limpia y actuó con nobleza, sufren nostalgia los demás (¡tan bueno que era el finado! dirán, como siempre, pero esta vez será de todo corazón).


Osvaldo González Rojas.

El engaño

EL ENGAÑO


La capacidad de engañar es una de las más poderosas armas con las que la naturaleza dotó a los seres vivos con el objetivo de facilitarles la supervivencia en el hostil medio que ella misma generó. Ésta le permite, al ser que mejor la practica, tomar ventajas con respecto a víctimas, a rivales y a enemigos; su producto, el engaño, presenta diversas modalidades, según su origen, destinatario y objetivos precisos; si el destinatario es una inofensiva posible víctima, el procedimiento puede consistir en algo tan simple como distraer su atención para que ésta baje, transitoria y fatalmente, la guardia, pero también pudiera ser algo más sofisticado, tal como una falsa promesa de seguridad o de placer, revestida quizás de brillantes colores, de ricos aromas, de bellas formas o de seductoras palabras. También podría tomar el aspecto de un elaborado disimulo o de un eficiente camuflaje, es decir, ya sea de un artero ocultamiento de intenciones o de un disfraz que confunda al peligroso acechante con el entorno o lo haga aparecer inofensivo, tal como ocurre con un lobo vestido con piel de oveja. Sin embargo, cuando el engaño va destinado a rivales y enemigos, el engañante tiene que ser más cuidadoso porque éstos, a diferencia de los débiles e inofensivos, pueden oponer una resistencia tal que la posible víctima se convierta en victimaria; por ello, en esos casos , el engañante debe procurar comportarse con mayor inteligencia, astucia y sutileza que su oponente, haciendo gala de una muy alta habilidad, si es que desea lograr vencer y conseguir sus propósitos. Entre las formas más solapadas y efectivas de engaño se encuentra la cortesía falsa, que se confunde con la hipocresía, para recubrir a las peores intenciones.

Es bueno tener presente que el engañante define, a través de su actuar, cuales son sus posibles víctimas, rivales o enemigos y, en consecuencia, tras desvelarse sus verdaderas intenciones, debe estar preparado para soportar los conflictos a los que pudiesen dar origen las represalias que los afectados optasen por ejercer.

Y, claro está, aunque nunca se desea engañar a quien se ama o estima, es un hecho que ello sucede; sin embargo, entonces, el engañante jamás se libra de un molesto cargo de conciencia o de la desazón de constatar el enorme dolor que su acción causa en quien se creía amado, dolor mucho más intenso que cuando la felonía tiene otro origen.

De este modo, si bien engañar a otros seres humanos puede ser, en ciertos casos, una muestra de inteligencia y habilidades superiores, es usualmente considerado como muy reprobable porque ese acto revela falta de amor, de consideración y de respeto hacia los demás y también porque en él se encuentra la base de muchos de los enfrentamientos que acidifican la convivencia humana.

Si engañar a otros es, por lo general, muy feo, engañarse a sí mismo es, también por lo general, tonto. Quien lo hace revela que no se ama ni respeta lo suficiente a sí mismo y también que posee un desarrollo intelectual muy limitado. Para que el auto engaño fuese aceptable, tendría que ser muy inteligente y con un propósito altruista (no arribista) casi comprometido con la supervivencia misma de quien lo lleva a cabo; en ningún caso debiera ser tan torpe como el del avestruz, la cual cree eliminar el peligro escondiendo la cabeza, o tan infantil como el del niño que también supone que se hará invisible para los demás, con sólo taparse los ojos.

El que es engañado o el que ha logrado auto hacerlo, comienza, en ese aspecto, a vivir en un mundo de fantasía, en un mundo de irrealidades del cual puede volver a la tierra en forma violenta y desagradable. Es bueno pues, todos lo sabemos, tomar precauciones, especialmente cuando de auto engañarse se trata.

¿Y quiénes tienen más necesidad de engañar?; sin duda que los débiles (o los que creen serlo) y los depredadores, es decir, los que buscan víctimas. Así, los niños mienten por temor y muchas mujeres también; disimulan y engañan aquellos de alma frágil cuando se sienten amenazados y los que temen perder, lo que sea. ¿Ha visto, alguna vez, camuflarse a un elefante?, ¿o a una mamba?. Engañan también los depredadores y los que tienen alma de tales; se han acostumbrado a hacerlo para sobrevivir. ¿Se ha dado cuenta que la serpiente de cascabel se camufla para actuar como depredadora pero no lo hace cuando se cree amenazada?.

¿Y para quienes es mayor la probabilidad de ser engañados?; curiosamente, también para los depredadores (o a los que se ve como tales) y para los más débiles. A los depredadores y a los poderosos se los engaña por temor y para competir por sus favores; se los engaña mientras son o parecen fuertes pues, llegado el momento adecuado, hasta el león es comido por las hienas y los gusanos. Se engaña y agrede a los más débiles porque no se tiene temor de ellos pero es bueno recordar siempre la realidad anterior.

Sí, el engaño y las contramedidas correspondientes son omnipresentes en la naturaleza y forman parte de las pruebas que todos los seres vivos deben pasar para demostrar las capacidades de adaptación que facilitan la competencia por sobrevivir. El ser humano, aunque no es ajeno a ellas y está condenado a convivir con sus negativos efectos, tiene, para mitigarlos, algo que el resto de la naturaleza no posee: su conciencia y su capacidad de sentir amor. Es desarrollando estos dones que los miembros de cualquier comunidad pueden hacer sus vidas más gratas, fructíferas y felices.


Osvaldo González Rojas

Los esfuerzos de la perra Negrita

LOS ESFUERZOS DE LA PERRA NEGRITA


Me admiraba, días atrás, al observar los tremendos esfuerzos que hacía la perra “Negrita” para comunicarme sus deseos; no sólo era la actitud de su cuerpo y los gestos que con su cara de perro realizaba, sino que también la expresión de su mirada y los extraños y urgentes sonidos que emitía. Yo sabía lo que ella quería pero insistía en darle la impresión de no comprender, preguntándole, una y otra vez, con mi rostro y mi voz, que era lo que deseaba. Su desesperación era evidente; casi se podía adivinar la magnitud de la necesidad que se desarrollaba en su cerebro y de cómo allí las neuronas intentaban, frenéticamente, establecer nuevas conexiones, que difícilmente podrían tener lugar, para que el concepto que martillaba en su canina mente pudiese transformarse en verbo y expresarse a través de sonidos. La escena anterior, muy conocida por los que tenemos mascotas, no forma parte de la experiencia del resto, ni tampoco la exuberante explosión de alegría que manifiesta el animal cuando constata que su propósito ha sido conseguido: ¿salir?, ¿salir a pasear es lo que quieres?, ¡yaaa!, vaamos…. Las esperadas palabras han sido pronunciadas por su “papá” humano.

Es curioso constatar que tales esfuerzos por comunicarse se dan frecuentemente en el sentido animal-humano y sólo muy raramente en el animal-animal; sin duda que la recompensa de verse comprendido con la que el animal se ve gratificado y que espera por experiencia, hace interesante y justificado el trabajo por lograr su propósito. Entre animal y animal sólo se asiste a despliegues semejantes de recursos comunicacionales cuando el macho corteja a la hembra, intentando convencerla de aceptar el apareamiento sexual. Ello es así, seguramente, porque aquella situación constituye una de las pocas, en el reino animal, en la cual la satisfacción de una urgente necesidad depende de otro ser y porque es fundamental para la reproducción y la supervivencia de la especie. Comprender o sentir que la satisfacción de una necesidad propia depende de otro ser es imprescindible para desear establecer una comunicación con él y ello surge, primariamente, entre individuos de una misma especie, entre macho y hembra, entre madre e hijo, entre padre e hijo y entre amo y mascota.

El nacimiento de la escritura y con ella el de la Historia, es un acontecimiento no muy lejano, del cual se conoce, aproximadamente bien, la época, el lugar y la evolución que desde entonces ha tenido. No ocurre lo mismo con el nacimiento de la herramienta comunicacional previa a ella, es decir, del lenguaje oral. Sólo razonables conjeturas ha podido hacerse al respecto y ello es motivo de intensa preocupación para antropólogos y paleontólogos. En todo caso, sea como haya sido, surgió y evolucionó para extinguir la intensa necesidad de comunicarse, manifestada en alguna rama de nuestros remotos antepasados y que demostró, para ella, ser fundamental para consolidar la supremacía de la subespecie que la adquirió.

Mi experiencia comunicacional con animales, de la cual los párrafos iniciales de este artículo son un ejemplo, refuerza en mí la idea que el deseo de comunicarse es previo al lenguaje que lo permite en forma precisa. El deseo, o forma en la que se manifiesta la necesidad de comunicarse, da origen, como ocurre con todas las necesidades, a las acciones que las satisfarán y, aunque muchas de ellas ya están genéticamente determinadas, todas se desarrollan según las circunstancias y el aprendizaje. El deseo de comunicarse es previo al lenguaje pero previo y muy anterior aún puede ser el desarrollo de la capacidad de formularse autointerrogantes, es decir, el desarrollo de la comunicación consigo mismo; allí debe estar el primer asomo de mente en los animales y en los hombres primitivos. Esta capacidad, que debe haber aparecido tempranamente en la evolución de los seres vivos, pudo ser gatillada por la interacción con el medio ambiente, proveedor de alimento, pareja y enemigos. Las autointerrogantes básicas del tipo: ¿Qué es eso? (amigo o enemigo, macho o hembra, alimento, etc.) son fundamentales para la supervivencia de todo ser y de su especie; las respuestas, aún sin lenguaje, deben darse en alguna forma, quizás con la ayuda de un protolenguaje, parte del cual puede ser genéticamente heredado y parte aprendido con la experiencia. Sólo después que un ser constata que requiere de la respuesta de otro para satisfacer sus necesidades, se desarrolla en él el interés por comunicarse hacia el exterior y también comienza, entonces, el desarrollo de protolenguajes gestuales, sonoros, químicos y, eventualmente, verbales. Es obvio que la adquisición de un lenguaje significa la adquisición de ventajas comparativas importantes para una especie, las que facilitan su supervivencia y predominio sobre otras. Es gracias a ello, sin duda, que el ser humano, milenio a milenio, adquirió aquella capacidad de enseñorearse sobre todo en este planeta.

Habiéndose adquirido la capacidad cerebral de tener un lenguaje y también las características fisiológicas que permiten la producción de los variados sonidos que hacen posible una comunicación oral como la humana, cabe preguntarse lo que sucede en el cerebro de quien no ha tenido aún la oportunidad de aprender un lenguaje, ya sea porque es todavía muy joven o porque ha vivido aislado (el caso de los niños-lobo, por ejemplo). La respuesta, basada en la experiencia con dichos sujetos es, ciertamente, difícil pero se puede intentar infiriéndola de las conclusiones a las que ha llevado el análisis de la forma en la que dicha capacidad ha evolucionado y de la lógica del proceso: las preguntas básicas y otras no tanto, deben estar allí, autoformulándose sin palabras. Autointerrogantes tales como: ¿qué es eso?, ¿qué pasa?, ¿qué es esto?, ¿qué o quién soy yo?, deben ser frecuentes en la mente de tales seres y también, probablemente, la asignación de sonidos a ellas, en una especie de lenguaje propio, capaz de permitir una comunicación con ellos mismos. En el caso de la convivencia de dos o más seres humanos aislados de todos los demás, es casi indudable que terminarán acordando un lenguaje común propio aunque elemental e incompleto, con todas las limitaciones que supone el no contar con el acerbo de experiencia y conocimientos acumulados por un grupo social estable y con historia común. Lo importante, en todo caso, es que las preguntas deben estar allí, antes de la existencia de cualquier idioma, y también las capacidades para traducirlas en estructuras mentales, que otra parte del organismo podría transformar en sonidos. Al respecto, tengo lo que parece ser un muy antiguo y vago recuerdo, tan antiguo que estoy convencido que viene desde mi época de bebé: acostado sobre mi cama, o mi cuna quizás, veo, sobre mí, a mis manos y brazos moviéndose y tocándose; una de mis manos pellizca un brazo y resuena en mi mente la pregunta ¿qué es esto?, ¿qué es esto?… y eso es todo….¿Qué por qué lo recuerdo?, ¿y por qué con esa persistencia e intensidad?, no lo sé; sólo sé que lo hago desde hace mucho, sin duda que desde niño, y eso me intriga; ¿será porque fue la primera auto interrogante, sin palabras, que se originó en mi mente y de la cual tengo memoria?; no lo sé pero es curioso….

Sea como sea que haya sido el nacimiento de la comunicación oral y escrita, está claro que ella ha sido fundamental en el desarrollo y progreso de Humanidad y constituye uno de los rasgos distintivos por excelencia de nuestra especie; constituye también un inapreciable valor que es necesario cultivar y mantener para asegurar no sólo el progreso científico y técnico, sino que, y muy especialmente, el desarrollo espiritual de las actuales y futuras generaciones. El desarrollo de la muy rezagada conciencia del ser humano depende, grandemente, del éxito en esta tarea. Nuestra responsabilidad como profesores, debiera estar comprometida con ella.

Siento tener que terminar este artículo aquí, sin antes extender las ideas expuestas a los problemas de la posible comunicación entre humanos y seres extraterrestres más avanzados, pero la perra “Negrita” me dice que es hora de salir; ella, como no muchos humanos pueden, va a la Universidad todos los días, aunque sólo sea para pasear en sus jardines...


Osvaldo González Rojas.



P.S. Este Artículo tuvo un triste epílogo; dos semanas después de haber sido escrito, la simpática Negrita murió, envenenada, tras uno de sus nocturnos paseos por el Campus que, hasta ese entonces, había constituido, para ella y para nosotros, un placentero y seguro lugar, pleno de gratos recuerdos de toda una vida. La carta que sigue, publicada en el Diario “El Sur” de Concepción, con fecha xxxxx, resume los que fueron nuestros sentimientos al respecto.

PENA EN EL ALMA.

Nuestra perra Toulouse, o la “Negrita”, fue envenenada con estricnina y murió, como no debió ser, sumiéndonos en intenso dolor. La pena ha sido doble, pues el hecho ocurrió en los jardines del Barrio Universitario, en el Campus de mi “Alma Mater”, el cual siempre consideré un lugar de armonía y seguridad para mis hijos y mis perros; allí, manos criminales, que ordenaron, prepararon y ejecutaron, le ofrecieron, o arrojaron indiscriminadamente, el mortal cebo que nos arrebató un ser muy querido, tras un paseo más al lugar que visitó y disfrutó, casi diariamente, por cinco años. Para nosotros, ni el Barrio ni sus guardias serán ya los mismos; siempre tendré la duda si es que aquel que me abrió la barrera, como todas las noches, o aquellos que en grupo conversaban cerca de mi auto ignoraban, o supieron y callaron, lo que habría de suceder.

Varias otras penas nos quedan en el alma: el sentimiento de que pudimos hacer más y la impresión que su gentil veterinario no estaba preparado para esa emergencia…; en fin, el tiempo las atenuará y cada cual obtendrá experiencia del dolor propio o del ajeno.

La Negrita descansa en su patio, junto a otros animalitos que nos han acompañado en nuestras vidas y, aunque pudiera pensarse que tras la última paletada nadie dijo nada, ello no fue así, pues mi hijo leyó algunas palabras que la tristeza le inspiró; “…y sea adónde sea que van las perritas cuando mueren, Negrita, te deseamos que seas feliz, como tú nos hiciste a nosotros”.

Afortunadamente, varias alegrías nos quedan también en el alma: mi hija menor recogió a su Toulouse de la calle, en peor estado que aquellos perros que se intentó eliminar, y le dimos una vida feliz, cosa ella nos retribuyó con creces. Fue una gran suerte, para nosotros, haber contado con su tierna compañía por casi cinco años y no la olvidaremos.

El dolor de todos nosotros, el pesar de otros que la conocieron y, sobre todo, las lágrimas de Claudia, merecen, del Administrador del Barrio, algo más que una disculpa, jamás explicaciones ni justificaciones. Del Rector, no sólo nosotros esperamos el compromiso que nunca más se usará, allí, inhumanos métodos de solucionar el problema de los perritos abandonados que en el Campus buscan refugio; sólo así se podrá evitar el que otra familia vea morir a su Negrita, como no debe ser.
Osvaldo González Rojas.

Sea, pues, todo lo escrito, un homenaje a tan extraordinario animal.

En el Diablo no creo

EN EL DIABLO NO CREO


En esto de escribir, lo que me parece más difícil, después de tener la idea sobre la que versará el tema a desarrollar, es comenzar; en este caso se me ocurrió, sin mucho entusiasmo, hacerlo como sigue:

“Alma se vende, muy barata…”, rezaba ese extraño aviso. De verdad que el ofrecimiento me sorprendió, no sólo porque, hasta donde yo sé, el único interesado en comprar tales intangibles es el Diablo, sino también por lo de “muy barata”, que era lo más llamativo; se veía claro que el oferente la estimaba poco, lo cual me hizo pensar que podría tratarse de una ganga tal, que bien pudiese no valer la pena, ni siquiera para Él .

Debo aclarar que yo no creo en el Diablo aunque sí en que hay quienes son capaces de venderle el alma.

En vez de limitarme simplemente a creer, prefiero intentar conocer, a través del uso de mi razón, lo que es el Bien; de esa forma podré identificar el Mal y también sabré como debería ser el correcto proceder, en toda situación que se me presente.

Se supone que todos tenemos un alma, aunque nadie sepa lo que ella es; yo prefiero llamarla conciencia y para mi es una especie de medida del conocimiento que cada cual tiene del Bien y del Mal; siento, también, que es una suerte de sabernos únicos y sin embargo, partes de algo superior, de sabernos responsables de lo que hacemos y de las consecuencias que ello tiene sobre todo lo demás.

Aquellos que no saben lo que es el Bien, no saben tampoco lo que es el Mal. Quienes no saben lo que es el Bien, no pueden tener conciencia. Para ellos pidió perdón Jesús “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”...
Se vende una parte del alma cuando se traiciona a la conciencia, cosa que ocurre en cada ocasión en la cual, a sabiendas de que algo no está bien, se lo hace.

Se nace con un alma pero se la debe desarrollar y cuidar, formar y perfeccionar, a lo largo de toda la vida; la tarea es ardua y exige no sólo de esfuerzo y sacrificio para asimilar, copiar y analizar los actos de aquellos modelos que demostraron tenerla grande, bella y sabia, sino que también se requiere de una considerable preocupación para enriquecer lo recibido y transmitirlo a los demás. Quien tiene éxito en esa tarea, se aproxima al conocimiento del Bien, que es el mejor referente para medir todo lo que hacemos.

El conocimiento del Bien implica la identificación y apego a ciertas verdades de referencia, nada de relativas, que sirven como faros de orientación en todo actuar. Quien no ha logrado incorporar racionalmente esas guías a su conciencia, es como un barco al garete: va siempre en la dirección del viento que sopla más fuerte.

El que es capaz de vender barata su alma no tuvo, quizás, la suerte de poseer la inteligencia, la fortaleza y la dedicación que exige el sacrificio de construirla con belleza; o quizás tampoco contó con la ayuda necesaria para lograrlo; como haya sido, siento tristeza por él y, aunque quisiera pensar que la mía no tiene precio, debo ser humilde y reconocer que otros, que la tuvieron mucho mayor y bien formada, se vieron obligados a venderla cuando las cosas se les pusieron difíciles. Quiera Dios, en quien tampoco creo, que ello no ocurra jamás con la mía.

En esto de escribir, después de comenzar, no importa si ha sido con mucho o poco entusiasmo, lo segundo más difícil es sentir cuando es bueno terminar y creo que ha llegado el momento...




Osvaldo González Rojas