En el Diablo no creo
En esto de escribir, lo que me parece más difícil, después de tener la idea sobre la que versará el tema a desarrollar, es comenzar; en este caso se me ocurrió, sin mucho entusiasmo, hacerlo como sigue:
“Alma se vende, muy barata…”, rezaba ese extraño aviso. De verdad que el ofrecimiento me sorprendió, no sólo porque, hasta donde yo sé, el único interesado en comprar tales intangibles es el Diablo, sino también por lo de “muy barata”, que era lo más llamativo; se veía claro que el oferente la estimaba poco, lo cual me hizo pensar que podría tratarse de una ganga tal, que bien pudiese no valer la pena, ni siquiera para Él .
Debo aclarar que yo no creo en el Diablo aunque sí en que hay quienes son capaces de venderle el alma.
En vez de limitarme simplemente a creer, prefiero intentar conocer, a través del uso de mi razón, lo que es el Bien; de esa forma podré identificar el Mal y también sabré como debería ser el correcto proceder, en toda situación que se me presente.
Se supone que todos tenemos un alma, aunque nadie sepa lo que ella es; yo prefiero llamarla conciencia y para mi es una especie de medida del conocimiento que cada cual tiene del Bien y del Mal; siento, también, que es una suerte de sabernos únicos y sin embargo, partes de algo superior, de sabernos responsables de lo que hacemos y de las consecuencias que ello tiene sobre todo lo demás.
Aquellos que no saben lo que es el Bien, no saben tampoco lo que es el Mal. Quienes no saben lo que es el Bien, no pueden tener conciencia. Para ellos pidió perdón Jesús “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”...
Se vende una parte del alma cuando se traiciona a la conciencia, cosa que ocurre en cada ocasión en la cual, a sabiendas de que algo no está bien, se lo hace.
Se nace con un alma pero se la debe desarrollar y cuidar, formar y perfeccionar, a lo largo de toda la vida; la tarea es ardua y exige no sólo de esfuerzo y sacrificio para asimilar, copiar y analizar los actos de aquellos modelos que demostraron tenerla grande, bella y sabia, sino que también se requiere de una considerable preocupación para enriquecer lo recibido y transmitirlo a los demás. Quien tiene éxito en esa tarea, se aproxima al conocimiento del Bien, que es el mejor referente para medir todo lo que hacemos.
El conocimiento del Bien implica la identificación y apego a ciertas verdades de referencia, nada de relativas, que sirven como faros de orientación en todo actuar. Quien no ha logrado incorporar racionalmente esas guías a su conciencia, es como un barco al garete: va siempre en la dirección del viento que sopla más fuerte.
El que es capaz de vender barata su alma no tuvo, quizás, la suerte de poseer la inteligencia, la fortaleza y la dedicación que exige el sacrificio de construirla con belleza; o quizás tampoco contó con la ayuda necesaria para lograrlo; como haya sido, siento tristeza por él y, aunque quisiera pensar que la mía no tiene precio, debo ser humilde y reconocer que otros, que la tuvieron mucho mayor y bien formada, se vieron obligados a venderla cuando las cosas se les pusieron difíciles. Quiera Dios, en quien tampoco creo, que ello no ocurra jamás con la mía.
En esto de escribir, después de comenzar, no importa si ha sido con mucho o poco entusiasmo, lo segundo más difícil es sentir cuando es bueno terminar y creo que ha llegado el momento...
Osvaldo González Rojas


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