La búsqueda de la concordia
La concordia es, según cualquier diccionario, la situación de ajuste de las opiniones que anula los litigios entre personas (etimológicamente corresponde a "con corazón común") y se comprende bien, entonces, que constituya la condición básica para que se produzca la unión entre ellas.
La concordia no es fácil de lograr y por ese motivo se asiste, constantemente, a los nefastos efectos que la discordia tiene sobre familias, comunidades y pueblos enteros. Las tensiones generadas por la discordia causan la división y dan origen a los más violentos conflictos que, cual válvulas de escape, buscan aliviarlas, aún por medio de la fuerza. Es claro pues que el origen de todas las luchas humanas está en la acumulación de tensiones provocada por discordias no resueltas y por eso es importante encontrar sus causas y precisar las condiciones que conducen a lo opuesto, es decir, a la concordia.
Las tensiones entre seres humanos surgen al enfrentarse las distintas formas de reaccionar frente a un hecho determinado.
La forma de actuar de las personas que se ven enfrentadas a un hecho depende, en condiciones normales, de cómo ellas sienten y razonan al respecto. La manera de sentir está condicionada por una multitud de factores, íntimamente relacionados con la vida de cada cual y ello explica el por qué, rara vez, dos o más personas llegan a experimentar sentimientos iguales o de la misma magnitud, en respuesta a un mismo hecho. La forma de razonar, por su parte, depende no sólo de la capacidad de hacerlo que todos tienen, sino que también de la voluntad de ejercerla, a pesar del trabajo que ello implica y también del conocimiento, sin el cual la razón no puede llegar a conclusiones certeras. Muy importante para facilitar este proceso, mucho más complejo y lento que el aflorar de los sentimientos, son ciertos principios o verdades que la misma razón ha aceptado como válidos o justos, aunque, por desgracia, no siempre después de un proceso racional propio que le haya dado solidez a esa convicción. Así pues, el actuar de una persona puede ser regido sólo por sus sentimientos y sin apelar mayormente a su razón o simplemente yendo en contra de ella; de acuerdo con su razón que ha subordinado a sus sentimientos, o según su razón, que ha determinado una manera de actuar coincidente con la señalada por ellos. Sólo en este último caso, la mente del individuo queda en paz consigo misma, conforme con el actuar e íntimamente convencida que ese actuar ha sido el más correcto, considerando la situación enfrentada.
Es común, a causa de lo anterior, que en torno de ciertos principios o verdades, que usualmente permiten acciones razonadas coincidentes con los sentimientos, se reúnan personas para formar partidos políticos, instituciones diversas y otros grupos que buscan lograr cohesión interna y expansión. Resulta inútil, sin embargo, que se pretenda alcanzar tal cohesión y expansión en forma universal, a menos que los principios o verdades de referencia utilizados puedan ser reconocidos como válidos por la razón de todos. Si usted concuerda con esto, concordará también en cuán importante es el identificar alguno de aquellos principios o verdades de referencia universales que, pudiendo ser aceptado por la razón de todos, sirva como guía para lograr esa tan deseada unión, símbolo de la ausencia de tensiones, con la cual se consigue visualizar mejor los objetivos a alcanzar y llegar más rápido a ellos. Tales principios existen y desde hace ya mucho han sido utilizados para generar formas de conocimiento que faciliten la cordial convivencia de los miembros de una comunidad civilizada.
Entre una de las formas de conocimiento que se ha establecido para uniformar el actuar de las personas en una comunidad frente a muchas de las situaciones que se presentan en ella, está la Ley. Ésta, de origen divino, consuetudinario o creada por acuerdo de la mayoría de los ciudadanos o de sus representantes, surge y existe, idealmente, para asegurar el bien común y propiciar la unidad. Es la Ley, que se supone conocida por todos, la que permite que todos sepan como se debe actuar en cada caso, estableciéndose así las condiciones mínimas para que ocurra la concordia en la comunidad. Es la misma Ley la que dispone que aquellos que no la cumplan sufrirán una sanción; la Ley Divina Cristiana establece sanciones que por lo general son “post mortem” y la humana, en vida, acordes con la falta cometida. Son las sanciones posibles las que incentivan el cumplimiento de la Ley; en el caso de la Divina ello depende, fundamentalmente, de la fe del creyente y en el de la humana, del celo de la autoridad para castigar su incumplimiento.
Es cuando la Ley no existe, cuando no corresponde a su objetivo, cuando no se cumple o no se sanciona su incumplimiento, que las tensiones interhumanas se incrementan, pudiéndose llegar, así, al punto en el que se liberan violentamente, con resultados impredecibles.
Pero las leyes no especifican todos los comportamientos humanos y se sabe que sin ellas o sin principios que los determinen o fuercen, la forma de actuar de las personas es muy particular de cada cual y nada uniforme. Es en este punto donde se hace importante reconocer, racionalmente, el principio de base que ha inspirado la formulación de todas las leyes y enseñarlo, para que, en ausencia de una disposición precisa para la situación enfrentada, sirva de guía universal que señale el comportamiento adecuado. Tal principio, reconocido como muy correcto y verdadero, desde hace miles de años, puede resumirse en la siguiente forma, una de las tantas posibles y no necesariamente la mejor:
“En su relación con otros seres humanos, usted no provoca tensiones en ellos solamente sí no le hace a otros seres vivos aquello que no desearía que se le hiciese a usted mismo”. *
Esta verdad, que constituye una excelente definición de lo que es el Bien y que puede ser confirmada como correcta por su razón o la mía, es una muestra maravillosa del poder de razonamiento y de síntesis de la mente humana. Esta definición y su aplicación constituyen un monumento a la razón y es por eso que el conocimiento del Bien y del Mal es un privilegio de los seres humanos, privilegio que establece una de sus diferencias fundamentales con los demás seres vivos.
El conocimiento mutuo o personal de lo que es el Bien no garantiza que se dejará de provocar tensiones en otros o que los demás dejarán de hacerlo sobre usted; sólo garantiza que cada vez que usted o alguien traicione a su razón o a su razón y a su fe, según el caso, será su propia conciencia la que se lo haga ver. El conflicto interno que se genera cuando la conciencia remuerde, como todos los conflictos, no es agradable y ello tiene dos consecuencias: la primera, a futuro, tiende a evitar la repetición de las causas que a él dieron lugar, es decir, a través de ella, se aprende que para conservar la propia paz interna, no se debe actuar en contra del Bien; la segunda enseña, también por la experiencia, que la paz interna puede ser recuperada reparando el mal hecho, dando explicaciones o pidiendo perdón. El silencio de la voz o del actuar, en estos casos, sólo es compensado por un gran bullicio interior, que no sólo impide el buen dormir, sino que también disfrutar del día y de la vida, como se espera.
Quienes conocen y practican el Bien pronto aprenden a valorar la paz interna que ello aporta; pronto aprenden también a perdonar más fácilmente, pues aparte de reconocerse como posibles ofensores, reconocen que el perdón libera a sus propias mentes de la carga de rumiar venganzas y malos deseos contra quienes lo hacen. El convencimiento de que aquellos que ofenden lo hacen por ignorancia de lo que es el Bien o porque se han dejado arrastrar por la irracionalidad, les hace también más tolerantes a las ofensas infligidas por los demás y señala el único camino para expandir el Bien, cual es, enseñar lo que Él es.
El ser humano busca con ahínco la felicidad y ello sólo es posible a través de la senda señalada por el Bien. Quienes ignoran o no tienen claro lo que Él es, se exponen a buscarlo por caminos erróneos; demasiado frecuentemente se escucha decir “que se debe luchar contra el Mal” para conseguir el Bien pero se debe tener presente que contra el Mal no se lucha, este último sólo se extingue cuando se hace el Bien. Hay por desgracia muchos, demasiados quizás, que deseando hacer el Bien, pretenden combatir el Mal con el Mal, sólo consiguiendo que éste se multiplique y expanda; en realidad somos todos, cual más, cual menos, los que participamos en esta cadena de mal contra mal, ya sea por ignorancia, por traición a nuestra razón o a nuestra fe, o por desidia, al no darnos el trabajo de usar nuestra capacidad de razonamiento. Deberíamos procurar cortar esa cadena y, si nuestra condición humana no lo permitiese, tratar al menos de no contagiar nuestros resentimientos ni de hacer que a nuestros hijos y prójimos les duelan nuestras heridas; contribuiríamos así a formar generaciones más sanas y mejores, generaciones más optimistas y comprometidas con la vida y su futuro.
Estudiar, aprender y enseñar para que la ignorancia que limita las posibilidades de la razón se extinga; enseñar lo que es el Bien, para que nadie quede haciendo el mal sin saberlo, es una tarea ineludible de todos los seres humanos, especialmente de aquellos que más conocimientos o poder poseen. Guiar a sus semejantes en la conquista del saber y del Bien, es una de las tareas más nobles que puede emprenderse en la búsqueda de la concordia. ¡Súmese a ella!
Osvaldo González Rojas


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