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Location: Concepción, Chile

Nací en Talca (Chile) el 9 de enero de 1946. Soy ingeniero en electrónica titulado en la Universidad de Concepción (Chile) diplomado en Educación Técnica por la AGCD de Bélgica y en Telecomunicaciones por la Universidad de Santiago de Chile. Fui, durante 33 años y hasta que la enfermedad de Parkinson me obligó al retiro, profesor en la Sede Concepción de la Universidad Técnica Federico Santa María. Me he destacado en la práctica de la fotografía artística, actividad en la cual he sido reconocido con los Títulos Honoríficos de "Excelencia de la Federación Chilena de Fotografía" y de "Artista de la Federación Internacional del Arte Fotográfico". Recientemente he recibido, además, el título de "Excelencia por Servicios Prestados a la Fotografía" por parte de la Federación Chilena de Fotografía. Actualmente preparo libros con mis escritos y mis mejores fotografías. Visite mis blogs; www.fotosdeosvaldo.blogspot.com y lea mis escritos en www.historiasdeosvaldo.blogspot.com www.enbuscadelaconciencia.blogspot.com y en www.osvaldodechile.blogspot.com En mi sitio de Flickr encontrará más de 350 bellas e interesantes fotografías: www.flickr.com/photos/fotosdeosvaldo

Saturday, October 01, 2005

La rima de cortesía

LA RIMA DE CORTESÍA


El origen de la palabra corte, la corte, de la cual deriva cortesía, cortejo y cortés, es una reminiscencia de la forma en la cual se designaba, en la Antigüedad, al patio de la residencia real, especialmente en Francia, donde aún hoy persiste, en cierto modo, esta costumbre; allí, cualquier patio, por ejemplo el del colegio, recibe el nombre de “la cour”, o sea, la corte, en traducción literal. Por extensión, este término se aplicó, también, al conjunto de personas que vivía junto al rey y a las que, en la ceremonia de los besamanos, le rendían homenaje y pleitesía.

A medida que las residencias reales pasaban, de ser simples tiendas, a convertirse en enormes castillos y palacios, se incrementaba también la cantidad y la promiscuidad de las personas que allí se cobijaban. La vida, en estos protegidos lugares, si bien mucho más grata que en su exterior, no estaba exenta de problemas; si ya es difícil mantener siempre la armonía en una familia, ¡qué menos podría haberlo sido en tan grandes residencias!. Conocido es el dicho popular “pueblo chico, infierno grande”, muy apropiado para describir la situación a la cual conduce la estrecha convivencia de un grupo humano numeroso, como aquel que compartía la casa real. Es sabido que la corte era sede de múltiples conflictos humanos: las envidias, las intrigas, los amores clandestinos, los engaños, los negociados, los aserruchamientos de piso y mucho más, ornaban profusamente ese ambiente y de ello dan crédito las más variadas crónicas y novelas del presente y del pasado, que la modernidad ha transformado en tema para sabrosos filmes. Existía, es cierto, como lugar de residencia compartido, una diferencia nada despreciable entre las características de la corte y las de un pueblo chico: la corte tenía un dueño de casa, lo cual convertía a los demás acompañantes en simples, pero privilegiados invitados en ella; esto les imponía, entonces, un buen conjunto de restricciones en su actuar: por una parte, debían procurar que los inevitables conflictos no llegasen a importunar al soberano y a los más poderosos en la jerarquía palatina y, por otra, debían competir por los favores y aprecio de ellos, especialmente del rey. Para asegurar una tranquila, mas no siempre sana convivencia, hubo de ser establecida, entonces, una serie de normas de trato gentil, o “reglas de cortesía”, detrás de las cuales fuese posible ocultar los problemas y los verdaderos sentimientos y propósitos de quienes las practicaban, es decir, de los cortesanos, los cuales pasaron, así, a ser muy “corteses”, aunque algunos demasiado. De la corte, dichas tácitas normas bajaron al pueblo, siempre atento a imitar a los poderosos y allí se transformaron en un complemento de las leyes ciudadanas, cooperando con ellas para hacer más grato el ambiente y las relaciones, en las cada vez más pobladas urbes que rodeaban al palacio.

Oportuno parece hacer notar que, en la corte real y dinástica, el único que
podía permitirse no ser en absoluto cortés era el rey, privilegio del cual no goza el símil del soberano en las mímesis plebeyas y democráticas de nuestros días; en ellas, aún él debe cuidarse mucho de no serlo en exceso, pues el pueblo, tarde o temprano, podrá cobrárselo, adicionado a otras deudas.

Adviértase que la cortesía siempre se fundamenta en la simulación y el disimulo, comportamientos que constituyen dos de las más poderosas armas con las cuales fueron dotados los seres vivos para ayudarlos en la lucha por la supervivencia. La simulación, que consiste en aparentar una forma de ser o un aspecto distinto del real, tiene una notable utilidad que todos aprovechan, algunos con extrema eficacia; recuerdo aquí la frase “se hizo la mosquita muerta”, que describe el comportamiento, ad-hoc, que se atribuye a estos insectos para evitar ser muertos de verdad (y que, personalmente, no me consta aunque sí lo he visto, impresionantemente practicado, por las arañas y por una planta, la sensitiva). Es indudable que también lo utilizan, con mucho éxito, los seres humanos; el actual conflicto en Kosovo ha dado reciente prueba de ello (uno de los sobrevivientes, de una de las conocidas masacres, declaró a la CNN -¿y a quién más?- “haberse salvado, simulando estar muerto”. El disimulo, por otra parte, que consiste en hacerse menos evidente, no sólo ayuda a no ser matado sino que también facilita lo contrario; así, por ejemplo, el homocrómico camuflaje del camaleón le permite no ser comido y, a la vez, comerse con más facilidad a otros bichos; comportamiento similar le resulta, igual de provechoso, a muchos otros animales, en particular a los gazapos, que se agazapan para no ser vistos, y a los felinos, que no sólo se agazapan, sino que también reptan, siendo ellos los maestros en el arte de “bajar el perfil” y cazar con éxito. Bajar el perfil es lo que aumenta la letal efectividad y la supervivencia en buques y en tanques de guerra. Bajar el perfil, disimular, simular, actuar, corresponden a una traducción casi literal de las raíces griegas de hipocresía. Hipocresía es, se sabe, el disimulo extremo de los verdaderos sentimientos y propósitos hacia los demás, ya sea para protegerse, o para facilitar un ataque, si la ocasión es propicia.

Muy cierto es que la vida parece más agradable y civilizada con la cortesía, pero no hay que olvidar que ésta tiene su mejor rima en la hipocresía. La hipocresía se oculta detrás de la cortina de humo de la cortesía extrema, se apoya en la adulación y se enseñorea en las almas frágiles. Aunque sus víctimas preferidas son los poderosos, no es un arma exclusiva de los débiles y solapados. Nadie parece estar libre de sus efectos y la vida, en la corte o en cualquier comunidad que la imita, debe conformarse con cierta dosis de este camuflaje; ya lo escribió alguien, “la hipocresía es a la vida, lo que la grasa es a la rueda de la carreta: ensucia pero sin ella la carreta no anda”. Todos la practicamos, aunque sea para simular que vivimos armoniosamente, pero lo importante es no exagerar. La recomendación de no exagerar, en este caso como en ningún otro, es una de las sabias conclusiones heredadas del razonar de los antiguos griegos, quienes, por no tener que trabajar en demasía, empleaban su tiempo para filosofar, es decir, para pensar, buscando la verdad de las cosas, para después contarla y enseñarla a los demás.

La hipocresía encuentra su mejor aliado en el temor, justificado o no y, a través de sus vectores, la simulación y el disimulo, se expande y florece en los ambientes y períodos inseguros, peligrosos y competitivos; es una de las malsanas herencias de las épocas de dicta, de las duras y de las blandas, porque aquellos que se han sentido obligados a usarla, con o sin razón, terminan incorporándola, casi crónicamente, a sus formas de proceder. Sin duda también, que el competitivo estilo de vida actual favorece su práctica y obliga a todos a mantenerse un poco alerta, como a la defensiva, precaviéndose de los excesos en uno mismo y en los demás. Finalmente, no está de más recordar que la filosofía popular recomienda que “lo cortés no debe quitar lo valiente”, verdad que establece como preferible y más apreciada la franqueza leal, que la adulación artera.

Llegando ya al final, habéis visto que cortesía, cortés, cortejo y cortejar, comparten la misma raíz, las mismas virtudes y los mismos vicios. Muy seguro de que el asunto habría de interesar, hubiese querido finalizar con el análisis del verbo cortejar, que bien rima con galantear y adular, mas, ocurre, que del erotismo no deseo, por ahora, hablar y así os dejo, a vosotros, la tarea de en ello divagar.

Sin embargo, antes de abandonar este rimado tema, no desearía que flotase, en el ambiente de estas páginas, la idea que la hipocresía es un mal necesario y sin remedio; observe usted mismo su entorno y percátese que esta técnica de supervivencia no tiene cabida en su familia inmediata, ni tampoco en sus relaciones de amistad; no la tiene, porque en ellas todo el mundo se siente seguro y confiado, a pesar de cualquier cosa que ocurra, y eso es así, porque, en ese medio, las relaciones se basan en el amor; ¡en el amor!, en ese sentimiento que siempre se expresa en cuatro formas principales: la caridad, el afecto, la amistad y el erotismo. La caridad está asociada a la compasión y a la empatía. El afecto, aliado a la confianza, a la tolerancia y a la admiración, es imprescindible para el surgimiento de la amistad. Del erotismo no hablaré más hoy, ya lo dije rimando, pero recordaré que el amor, en general, se traduce en desear lo mejor para los demás y en compartir la felicidad ajena; recordaré también que la confianza se funda en el imperio de la justicia y de la equidad, nutriéndose de la franqueza inteligente y , finalmente, diré que la tolerancia requiere de la comprensión y del perdón de los errores y defectos ajenos. El mejor antídoto para el temor y la desconfianza es el amor y una comunidad que lo incorpora, es una comunidad genuinamente cortés, en la que no es necesaria, casi, la hipocresía.


Osvaldo González Rojas

1 Comments:

Anonymous Anonymous said...

Es un articulo bien pensado. trata la realidad de la cortesia aunque no tiene que ser asi del todo necesariamente, pues en los circulos familiares donde hay amor y educacion, la cortesia es una parte integral que llega a ser caracteristica intrinseca de sus integrantes.

2:23 PM  

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