Nunc et in hora mortis nostrae
Fascinante es la etimología, es decir, la ciencia que estudia el origen y la razón de la existencia y del significado de las palabras, de las buenas y de las malas, de las bellas y de las feas. Cuando se la descubre, se descubre también que recién entonces comienza uno a comprender sus crípticos significados y el proceso de síntesis que les dio lugar; la lengua adquiere así otro sabor y se siente uno más próximo a los antiguos griegos y romanos, pero también a los árabes, a los celtas y a tantos otros pueblos de la antigüedad, incluidos el indio de la India y el de nuestro continente, que nos legaron las raíces de las cuales brotan las palabras del idioma que empleamos. Se disfruta, por esta causa, mucho más de ellas, sobre todo de las bellas y hasta se anima uno a intentar crearlas. Inventar palabras es dar expresión escrita a conceptos y como éstos siempre preceden a la acción y a las obras no es raro que muchos inventores de cosas sean también los inventores de las palabras que las representan; sin duda que nuestro siglo ha sido pródigo, como ninguno, en el enriquecimiento del lenguaje, especialmente gracias al avance de las ciencias y de las tecnologías pero ello no debe hacernos olvidar que no siempre las palabras representan cosas o acciones, sino que, a veces, también sirven para identificar estados de ánimo y mucho más; tal cosa ocurre, por ejemplo, con nostalgia, una bella palabra internacional, cuyo origen y significado lo aclaró el Padre Hasbún, en una de sus crónicas en el diario “El Mercurio”; fue inventada, según él, en 1688, por el lingüista Johannes Hofer, quien usó como raíces a las palabras griegas nostos = regreso y algos = dolor, para designar así al “doloroso deseo de regresar”, de regresar a un tiempo o a un lugar del cual se conserva agradables recuerdos; ¡ojalá pudiésemos experimentar todos, siempre que nos veamos obligados a alejarnos de algún sitio, la bella y romántica nostalgia!; ello significaría que allí fuimos felices, que allí fuimos bien tratados, seguramente porque tratamos bien, y que a él quisiéramos volver. Ojalá podamos también, el día postrero, experimentar nostalgia de la vida y la esperanza que, sea lo que sea que venga después, tendremos, allí, la opción de ser felices. Añoranza, del catalán anyorar, es lo mismo pero yo prefiero nostalgia.
Otra palabra no bastarda, cuyo creador fue el ácido escritor inglés William Thackeray, nacido en 1811 y autor de “La Feria de las Vanidades”, es snob; fue sintetizada a partir de las palabras francesas “sans” y noblesse” (o quizás de las latinas “sine” y “nobilitatis”, que significan lo mismo: sin y nobleza) y ha sido adoptada, en todos los idiomas, para designar a los personajes que demuestran no tenerla; en castellano se escribe esnob y da origen a varios otros términos relacionados.
Etimología también tiene la suya propia; proviene de étymos = verdadero y de logos = conocimiento, es decir, sería algo así como “conocimiento verdadero” y otra de las cosas que se aprende con ella es que, a veces, sin significa con (cuando proviene del griego syn); así sucede con sinergia, cuyo significado es “con energía común”, todo de origen griego. Energía es una bella palabra también y muy importante; fue inventada, por algún anónimo habitante del archipiélago más famoso del Mar Egeo, para designar aquello que impulsa a la acción. Sincronía (con tiempo común) es otro ejemplo lindo, lo mismo que síntesis, o que sinfonía (con sonido común) y que sistema (con tema común) entre tantas otras. Pero no siempre sin es con, a veces con es con (cuando viene del latín cum) como sucede en conjunto y en conciencia; conjunto corresponde a “con unión” y conciencia significa eso, “con ciencia”, o sea “ con conocimiento exacto y reflexivo de las cosas”, aunque también le corresponde “conocimiento último del bien que debemos hacer y del mal que debemos evitar”.
Para saber si al actuar se lo ha hecho con ciencia, hay que examinar las consecuencias de nuestros actos, consecuencias de las cuales somos siempre responsables, aunque no correspondan a las deseadas; constatar que esto último se ha producido, usualmente a través de la reacción de otros, provoca un tipo de dolor que se ha llamado frustración y que, bien manejado, permite madurar y mejorar con el tiempo, como ocurre con los buenos vinos. A la frustración se puede adicionar el dolor que nos pudiera producir la reacción de aquellos que se sintieron molestos por nuestro inconsciente accionar y así sucede que, tanto la frustración y el saber que hemos actuado incorrectamente, como la posible la reacción de otros, se convierten en factores que contribuyen a nuestra infelicidad, en factores que enturbian nuestra conciencia. Limpiar la conciencia es siempre doloroso, comienza por aceptar, ante uno mismo y los demás, que no se es perfecto y que se ha cometido un error, continúa con los procesos de pedir disculpas y de compensar a los afectados, para finalizar con los buenos propósitos de no repetir la acción errónea y de perfeccionar nuestra ciencia.
Y, finalmente, así como el prefijo sin no siempre es tal, sino que todo lo contrario, el latín nunc no significa nunca, sino que, curiosamente, ahora. Ojalá pudiésemos mantener nuestra conciencia lo más limpia posible, ahora y en la hora de nuestra muerte; ello indicaría que lo que hicimos, conscientemente, en la vida, lo hicimos con la mejor ciencia, es decir en la forma más correcta posible y que, si constatamos que no fue así, lo reconocimos, solicitando el perdón por ello y buscando la rectificación del error, cuanto antes mejor, porque las horas finales no sabemos cuando llegarán y la vida enseña que del que tuvo la conciencia limpia y actuó con nobleza, sufren nostalgia los demás (¡tan bueno que era el finado! dirán, como siempre, pero esta vez será de todo corazón).
Osvaldo González Rojas.


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